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America´s Cup: al final, lo único que nos importa es que empiece el partido

  • hace 8 horas
  • 3 Min. de lectura

Como en el futbol antes de que comience a rodar la pelota en un Mundial, en la America´s Cup pueden haber pasado mil cosas: disputas legales interminables, amenazas de abandono de los equipos principales, declaraciones grandilocuentes, comunicados de prensa que nadie lee, reuniones de ejecutivos que nadie entiende... y sin embargo, cuando llega la señal de largada sobre el agua, todo lo anterior se convierte en ruido de fondo. El espectáculo toma el control.


Por Darío D'Atri, Columna: "Lo que el mar nos dice"


El 22 de mayo, en Cerdeña, ocho AC40 se alinearán en la línea de salida a las 15:13 hora local. Ocho barcos voladores que pesan nada y valen una fortuna, tripulados por algunos de los mejores marineros del mundo. Para entonces, los enredos habrán quedado en suspenso. Los abogados, en tierra. La geopolítica náutica, aparcada. Lo que quedará es lo de siempre: el viento, el agua, y la voluntad de ganar.


La Copa América de vela tiene, en ese sentido, una perturbadora semejanza con el Mundial de Fútbol. Ambas competencias son capaces de generar, en sus etapas previas, una cantidad asombrosa de ruido estéril. Conflictos entre organizadores y equipos, discusiones sobre el formato, sospechas sobre los intereses de fondo, alejamiento creciente entre quienes toman las decisiones y quienes pagan la entrada —o se quedan en casa siguiendo las regatas en una pantalla. El fan apasionado de la Copa América y el hincha del Mundial comparten ese mismo desconcierto: la sensación de que la competición que aman pertenece cada vez más a una corporación y cada vez menos a ellos.


Pero hay algo que ningún ejecutivo, ningún tribunal arbitral y ningún contrato de naming rights ha podido quitarle a estas competencias: la verdad que aparece en cuanto el juego comienza. Cuando Peter Burling y Ruggero Tita salgan a defender los colores de Luna Rossa frente al público italiano de Cerdeña, nadie va a estar pensando en las actas de las reuniones de un Comité de Vela. Nadie. Ni siquiera los propios abogados.


Esta regata preliminar —el primer escalón del camino hacia Nápoles 2027— tiene además una dimensión que va más allá de los puntos en juego. Por primera vez en la era moderna del foiling, los equipos de mujeres y jóvenes correrán contra los equipos principales en regatas puntuables. Hannah Mills, la regatista olímpica femenina más laureada de la historia, será parte de eso. Marco Gradoni, ganador de la Youth America’s Cup, también. Son nombres que empiezan a escribirse en los márgenes de la historia de la Copa, a la espera de ocupar el centro de la página.


Hay que decirlo con claridad, porque la honestidad importa: la emoción que viene no borra los problemas estructurales de estas grandes competencias. El alejamiento de los fans, la opacidad en las decisiones, los intereses económicos que moldean las reglas del juego: todo eso sigue ahí, debajo de la superficie, como siempre. No desaparece porque los barcos sean más rápidos ni porque el paisaje de Cerdeña sea más hermoso que cualquier otro lugar del mundo para navegar.


Pero la Copa América, como el fútbol en sus mejores momentos, tiene esa extraña capacidad de crear comunión. Entre la pericia técnica más extrema y la pasión más irracional. Entre los que entienden cada maniobra y los que simplemente sienten que algo extraordinario está pasando sobre el agua. Esa comunión no se puede comprar ni legislar. Ocurre, o no ocurre.


El 22 de mayo, a las 15:13 en Cerdeña, el partido empieza. Y como siempre, valdrá la pena mirarlo.


 
 
 

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