Pilar Pasanau y El día que uno elige el océano
- Dario D'Atri
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Por Darío D'Atri - Lo que el mar nos dice -
Pilar Pasanau tiene 58 años y acaba de terminar sola la vuelta al mundo en un velero de 5,80 metros. Ciento noventa y un días. Veinticuatro mil millas. Primera mujer en cruzar la línea de llegada de la Mini Globe Race. Eso es todo lo que hace falta decir sobre los hechos, porque los hechos no son el tema.
El tema es lo que ocurre antes. Mucho antes.
Hay un momento — y quien lo ha vivido sabe exactamente de qué hablo — en el que una persona común, con vida ordenada y agenda razonable, toma una decisión que desde afuera parece descabellada y desde adentro se siente, curiosamente, como la única decisión posible. No es valentía en el sentido heroico. No hay fanfarria interior. Es más parecido al reconocimiento. Como si algo que ya estaba ahí, esperando en un rincón del alma con más paciencia que urgencia, de pronto dijera: ahora.
La forma de ese momento cambia en cada persona. La estructura interior es siempre la misma.
Lo que cambia después es casi todo.
No de golpe. El océano no trabaja con revelaciones instantáneas — eso es territorio de las religiones y los vendedores de certezas. El océano trabaja con millas. Con guardias nocturnas en las que el pensamiento pierde sus ángulos defensivos y la mente, exhausta y salada, empieza a ver las cosas con una claridad que en tierra es imposible sostener. Con días de calma donde el único movimiento es la respiración del agua y la propia. Con tormentas que obligan a soltar todo lo que no es esencial — y resulta que casi todo es “no esencial”.
Lo que queda después de ese proceso de sustracción oceánica es algo que no tiene nombre preciso en ningún idioma de tierra firme. Pilar lo describió al llegar a Antigua, con la cabeza que todavía no había vuelto del todo a tierra: estoy en un punto de equilibrio emocional, mental y físico muy dulce. Me encantaría estar así el resto de mi vida.
Control total de un mismo. No el control de quien domina el exterior — el viento no se controla, las olas no negocian — sino el de quien aprendió a habitar su propio interior sin huir de él. Esa es la conquista real de cualquier travesía oceánica larga, con independencia del tamaño del barco o del lugar en la clasificación.
En el Índico, entre Australia y las Islas Cocos, el Peter Punk recibió la paliza que solo ese océano sabe dar. Olas de más de tres metros cruzadas desde direcciones opuestas, el barco entrando la regala en el agua y cayendo hacia el otro lado, Pilar atada dentro de la cabina porque afuera era imposible mantenerse. Cada seis o siete segundos, una ola nueva. Durante días. Ahí, en ese espacio de cuatro metros cuadrados batido por el Índico, ocurre algo que ningún manual de navegación ni de psicología describe con precisión: uno aprende que el miedo no desaparece con la experiencia. Aprende, en cambio, a navegar dentro del miedo. A hacer las maniobras necesarias mientras el miedo está ahí, como un pasajero al que ya no se le teme porque ya se lo conoce demasiado bien.
Eso es lo que el océano enseña a los que se lo piden con honestidad. No la ausencia del temor sino su domesticación. No la calma permanente sino la serenidad que se sostiene precisamente
porque fue forjada dentro de las tormentas.
Hay algo más que ocurre en las largas noches de guardia, lejos de todo, que es difícil de explicar sin sonar a misticismo barato pero que es perfectamente concreto y físico: la Tierra se vuelve esférica de verdad. No como dato geográfico sino como sensación en el cuerpo. El tiempo geológico se vuelve palpable. La humanidad entera — sus grandezas y sus miserias, sus guerras y sus músicas — se vuelve comprensible de una manera que desde tierra, rodeados de sus urgencias y sus ruidos, resulta casi imposible sostener. No es iluminación. Es perspectiva. Pero una perspectiva tan radical que al volver a puerto cuesta tiempo entender por qué la gente discute por las cosas por las que discute.
Pilar Pasanau está ahora calculando cómo pagar las deudas que le dejó su vuelta al mundo en el Peter Punk. Lo conseguirá de la misma manera que consiguió todo lo demás: quinientos euros de aquí, mil de allá, la red invisible de gente que creyó en ella antes de que los hechos le dieran la razón. Lo que no podrá hacer, aunque quisiera, es deshacer lo que le ocurrió en esos 191 días.
No se vuelve del océano siendo la misma persona que zarpó.
Esa es, exactamente, la noticia.
No el récord. No la clasificación. No los metros de eslora. La noticia es que una mujer de 58 años decidió un día — probablemente sin saber del todo lo que estaba decidiendo — ponerse entera del lado del océano. Y el océano, como hace siempre con quienes se le entregan sin falsedades, le devolvió algo que no cotiza en ningún mercado conocido.
Los seres humanos podemos elegir eso. La mayoría no lo elige, y está bien. Pero para los que alguna vez sienten ese reconocimiento interior del que hablaba al principio — ese ahora que surge sin avisar de un rincón desconocido — vale la pena saber que el océano no caduca. Que no pregunta la edad ni el presupuesto ni los metros de eslora.
Solo pregunta si estás dispuesto a escucharlo.


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