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Dani Anglada busca en el Algarve el oro que rozó en Omán

hace 11 minutos
4 min de lectura

El regatista del Masnou, ciego total, gobierna un RS21 en la flota de discapacidad visual junto a Carmen López, Jordi Sánchez y Mónica Azón. El primer día se saldó con un tercero y un segundo.


En un barco de regatas hay un lugar donde nadie quiere equivocarse: la caña. En el RS21 de Dani Anglada, esa caña la lleva un hombre que no ve absolutamente nada. Dani es B1, la categoría de los regatistas sin resto visual, y desde el lunes gobierna su barco en las aguas de Portimão, en el Algarve portugués, en el Campeonato del Mundo de Vela Inclusiva que organiza World Sailing.

El estreno dejó un tercero y un segundo en las dos primeras pruebas. Buen arranque para un equipo que llega con una cuenta pendiente: hace diez meses, en la primera edición del Mundial, disputada en Al Mussanah (Omán), se colgó la plata de la clasificación general.


Cuatro a bordo, dos que no ven


El reglamento de la flota de discapacidad visual no deja margen. «Es el mismo formato que en Omán: por obligación, el timpon y la mayor tienen que llevarlos personas con discapacidad visual», explica Dani. La clasificación distingue tres niveles: B1, sin resto visual; B2, con un resto aproximado de entre el 1 y el 5 por ciento; y B3, entre el 5 y el 10. Por encima de ese umbral no se considera discapacidad a efectos de competición.


En el equipo, el timón es de Dani. La mayor la trimea Carmen López García, asturiana, ciega total como él, que llegó a la vela desde el surf. A proa va Jordi Sánchez Pérez, regatista de F18, que además de ocuparse del trimado delantero echa una mano constante a Carmen con la escota. Y en la bañera, con un peto distinto al del resto, viaja Mónica Azón, regatista olímpica y presidenta del Club Nàutic El Masnou: la táctica.


Su papel tiene una regla de hierro. «Es nuestros ojos, pero no puede tocar absolutamente nada. Ni un cunningham, ni un pajarín, nada», resume Dani. Como se trata de regatas en flota con jueces en el agua, la organización viste a los tácticos videntes con un peto diferente para que se vea, desde cualquier semirrígida, que sus manos no tocan un cabo.


La clasificación también tuvo su historia. El año pasado, Dani presentó un informe médico de 2019 que le atribuía un 1 por ciento de visión, y en Omán compitió como B2. «Yo les dije: pero si no tengo resto visual. Y me contestaron que el papel que había presentado era ese». Este año repitió todas las pruebas médicas. En Portimão compite en su categoría real: B1.



Bastón, dos vueltas y veinte minutos


Doce tripulaciones, cuarenta y ocho regatistas, de países como Brasil, Canadá, España, Francia, Gran Bretaña, Japón, Suecia y Estados Unidos, disputan el título de discapacidad visual. Como la organización solo dispone de seis RS21, cada prueba se corre con media flota y los equipos van rotando. Hay una clasificación general que reúne a B1, B2 y B3, y medallas propias para cada categoría.


El recorrido es un bastón de dos vueltas: ceñida hasta una boya de barlovento, empopada hasta una puerta en sotavento, y otra vez arriba antes de buscar la línea de llegada. Cada manga dura entre 20 y 25 minutos. Poco tiempo para corregir un error y mucho para cometerlo.


En ese formato, la táctica se convierte en un relato continuo. Mónica describe en voz alta lo que pasa fuera del barco: dónde están los rivales, cuánto falta para la boya, qué hace la presión del viento en el agua. Dani traduce esa información en rumbo, con lo que transmiten la caña, la escora y el viento en la cara. Carmen ajusta la mayor a lo que pide el barco y Jordi sostiene la proa. Cuatro personas y un solo sistema nervioso.


Dani no duda al señalar al adversario. «La competencia es Inglaterra». En Omán, el barco británico lo patroneaba una B2, Lucy Hodges. Este año han cambiado de timonel y han apostado por una regatista B3 que, según Dani, «va muy fina». Han entrado más países, pero la batalla por el oro, a su juicio, tiene dos nombres.


Un Mundial que se hace grande


Portimão reúne una participación récord: 222 deportistas de 40 países, nueve pruebas y seis días de competición, del 5 al 10 de octubre. El campeonato se organiza con Vela Solidária, el Ayuntamiento de Portimão y la Federación Portuguesa de Vela, con el respaldo de la America’s Cup, y forma parte de la campaña de World Sailing para que la vela vuelva al programa paralímpico en Brisbane 2032. «Esto no es solo una regata; es una tradición fundamental para nuestro deporte», dijo su presidente, Quanhai Li, en la ceremonia inaugural, celebrada en la antigua lonja de la ciudad, a orillas del río Arade.


Dani conoce el contraste. En Omán no se llegó a 150 regatistas. «Es muy importante dónde haces los eventos. Unos Juegos Olímpicos, los hagas donde los hagas, la gente irá, porque están establecidos desde hace años. Pero esto que estamos arrancando, que es el segundo año del Mundial de Vela Inclusiva, va a costar». Aun así, ve el rumbo bien marcado: más visibilidad, más países y un objetivo claro, que la vela inclusiva y la vela olímpica naveguen cada vez más juntas.


Desde el Masnou


Detrás del equipo hay una casa. Dani tiene su base en el Port Masnou y en el Club Nàutic El Masnou, cuyos nombres viajan en las camisetas de la tripulación junto al de Yes We Sail, la organización que él impulsa para acercar la navegación a personas con discapacidad visual. Los dos banderines, el del puerto y el del club, posaron en la playa de Portimão junto a los mástiles de las naciones participantes.


El Port Masnou acompaña a Dani en su trayectoria deportiva y trabaja para crear a corto plazo una escuela de vela adaptada en sus instalaciones. La presencia de Mónica Azón a bordo, como táctica y como presidenta del club, dice el resto: el compromiso no se queda en el pantalán.


Quedan cinco días de regatas y un rival británico que no regala nada. La ecuación a bordo será la misma en cada salida: una voz que cuenta el campo de regatas y una mano que lo convierte en rumbo. El sábado se sabrá adónde los ha llevado.



 
 
 

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