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El mar nos está diciendo basta

  • hace 4 horas
  • 2 min de lectura

A finales de junio, el Mediterráneo llegó a los 26,6ºC. No es un dato menor ni una curiosidad de laboratorio: según la AEMET, esa cifra superó incluso la temperatura media que el mar suele alcanzar en su momento más cálido del año, la segunda quincena de agosto. En otras palabras, el mar adelantó su propio récord de calor casi dos meses antes de tiempo, y lo hizo por un margen —2,6ºC sobre lo normal— que los propios organismos oficiales califican de inédito para esta época del año.


Por Darío D'Atri, columnas "Lo que el mar nos dice"



Los servicios europeos de vigilancia marina y climática vienen advirtiendo lo mismo desde principios de julio: la superficie del Mediterráneo ya superó los picos que en 2023 y 2024 parecían techos difíciles de repetir. Y aunque la ciencia es prudente —habla de fenómenos naturales que se suman, de patrones que todavía hay que confirmar si son pasajeros o estructurales—, hay algo que no necesita esperar ningún informe para percibirse: el mar está agotado. Así, sin eufemismos. No aguanta más. Nos devuelve, en forma de temperaturas récord, todo lo que como sociedad venimos haciendo mal en el cuidado del clima del planeta.


Y aquí es donde quienes vivimos del mar, quienes navegamos, quienes construimos discursos y proyectos alrededor de la náutica, tenemos que mirarnos con honestidad. Nos llenamos la boca diciendo que somos gente de mar, que el mar es el centro de nuestro universo, que le debemos casi todo lo que somos. Pero ese relato convive, casi sin fricción, con una forma de vida colectiva que sigue empujando exactamente las condiciones que hoy lo llevan a estos extremos. Hay una contradicción ahí, y también hay negación. ¿Se puede querer al mar en el discurso y, al mismo tiempo, no hacer casi nada distinto en los hechos?


No hace falta ser catastrofista para decir esto. El propio informe de la AEMET recuerda que un mar anormalmente cálido en verano no garantiza automáticamente lluvias torrenciales en otoño: eso depende de factores atmosféricos que se suman después. Pero tampoco hace falta ese otoño extremo para entender el mensaje del presente. Un Mediterráneo que en junio ya está más caliente que en pleno agosto es, por sí solo, una señal que no debería necesitar traducción.


Quienes amamos el mar —de verdad, no solo en la postal— tenemos una responsabilidad distinta a la del resto: la de traducir estos números en algo más que una noticia de temporada. El mar no está pidiendo permiso para mostrarnos su cansancio. Nos está avisando. La pregunta es si, esta vez, alguien del lado de tierra está dispuesto a escuchar.


 
 
 

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