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El puerto que se convirtió en aula

  • hace 4 horas
  • 5 Min. de lectura


El Institut Maremar de El Masnou obtiene la única acreditación de Escola Blava del Maresme gracias a un proyecto de estudio de microarrecifes impulsado desde el propio Port.

 

Desde la superficie, el Port Masnou parece un puerto mediterráneo como tantos otros: veleros alineados, agua quieta, el rumor del mar contenido entre los pantalanes. Pero a unos metros de profundidad, pegadas a los muros sumergidos de la dársena, diez estructuras biomiméticas de carbonato cálcico están haciendo crecer vida donde antes no había nada. Y en la orilla, un grupo de estudiantes de entre 12 y 16 años —cuadernos en mano, ojos muy abiertos— aprende a leer lo que el mar les está diciendo.


Esta es la historia de una colaboración entre el Port Masnou y el Institut Maremar que, en poco más de un año, ha producido algo poco habitual en la educación secundaria de la comarca: la acreditación de Escola Blava, otorgada en el marco europeo de Blue Schools, un reconocimiento que convierte al centro de El Masnou en el único del Maresme —y uno de los escasísimos de Cataluña— en obtener esa distinción.


Un puerto que abre sus puertas

 

Jorge Bonal, Capitán del Port Masnou, lleva tiempo convencido de que un puerto no es solo infraestructura. Es también comunidad, territorio y, si se quiere, aula. Por eso cuando el instituto se acercó para explorar una zona marina educativa en el entorno del puerto, la respuesta fue un sí sin ninguna duda.


El puerto ya había dado un paso significativo al instalar, con la empresa Ocean Ecostructures, diez unidades de microarrecife artificial en sus muros sumergidos. Esas estructuras —diseñadas para imitar la textura y la química de los arrecifes naturales, facilitando la colonización de fauna marina— son el eje del proyecto educativo. "Hemos comprado un dron submarino para poder hacer nosotros mismos el seguimiento de los arrecifes", explica Bonal, detallando una apuesta que va más allá de lo simbólico: el puerto quiere entender lo que ocurre debajo de sus aguas, medirlo y compartirlo.


A esa vocación de apertura se suma Masnou Blau, el proyecto de sostenibilidad impulsado desde el propio Port, que actúa como paraguas institucional y facilita el vínculo con el centro educativo, con los biólogos que monitorean los arrecifes y con otras iniciativas de concienciación marina en el municipio.


Bea y los delegados verdes

 

Del lado del Institut Maremar, la pieza clave tiene nombre propio: Bea Gomar, profesora y responsable de la Comissió d'Escola Verda. Buena parte del trabajo de articulación, formación y persistencia que hizo posible la acreditación lleva su sello. "Ha estado ahí como hormiguita", dice Jorge Bonal con la franqueza de quien ha visto el proceso desde dentro.


El proyecto educativo empezó a tomar forma a partir de una propuesta de la investigadora del ICM-CSIC Carine Simon, residente en El Masnou, vinculada a la Oficina Francesa de Biodiversidad. La idea era sencilla y ambiciosa a la vez: que los propios alumnos eligieran un punto del litoral más cercano, lo estudiaran, lo promocionaran y se convirtieran en sus cuidadores. Cuando el puerto y sus microarrecifes aparecieron en el horizonte, el encaje fue casi inmediato.


El grupo motor del proyecto son los llamados delegados verdes: entre 15 y 20 alumnos de secundaria, elegidos por sus compañeros, que actúan como agentes de sensibilización en el centro. Son ellos quienes han venido al puerto a acompañar las tomas de muestras, a escuchar a los biólogos y a aprender que un arrecife no solo es fauna y flora, sino también CO2 fijado, biomasa generada, calidad del agua medida. Ciencia, en definitiva, con las botas mojadas.


Pero el proyecto no se quedó ahí. Este año, el Maremar ha desarrollado en paralelo una propuesta curricular para alumnos de primero de ESO bajo el nombre Mare Mar Mira al Mar: una experiencia para extender la cultura oceánica más allá del grupo de los delegados y llevarla a toda una franja del alumnado. "Somos un centro que trabaja por proyectos", explica Bea Gomar, "y creímos que todo este impulso del mar merecía tener un reflejo curricular más amplio."

 

La acreditación que llegó del mar


La acreditación de Escola Blava no es un sello de marketing. Es un reconocimiento europeo, gestionado en España a través del ICM y de una red autonómica de escuelas azules, que exige que los centros presenten un proyecto concreto: debe implicar al mar, tener una dimensión comunitaria —es decir, no quedarse entre cuatro paredes— y poder integrarse en la vida del aula. El proyecto del Maremar cumplía los tres requisitos, y el espacio que lo hacía posible era el propio Port Masnou.


El Maremar es, con esta acreditación, prácticamente el único centro del Maresme en tenerla. "Creo que hay otra en Vilasar, pero poco más", señala Bea Gomar. La distinción obliga —o más bien compromete, en el sentido positivo— a que la cultura oceánica siga creciendo dentro y fuera del instituto. El modelo que el Maremar propone va en ambas direcciones: que el mar entre en las aulas, sí, pero también que los alumnos salgan al mar.


Lo que vive bajo el agua

 

Las estructuras instaladas por Ocean Ecostructures en el Port Masnou no son grandes: cada una mide aproximadamente 1,5 metros. Pero su efecto, en apenas unos meses, ha resultado visible. Fabricadas con carbonato cálcico —el mismo material base de los arrecifes naturales— y enriquecidas con compuestos orgánicos que atraen la microfauna, su diseño multicapa ofrece espacios de refugio y cría que reproducen, en miniatura, la lógica de un ecosistema arrecifal.


El monitoreo lo realizan biólogos con drones subacuáticos (ROV), y los resultados se analizan mediante inteligencia artificial validada por el CSIC. Con esos datos se elaboran informes que registran el número de especies presentes, la biomasa generada, el CO2 fijado de forma natural y, si los hubiera, la presencia de especies invasoras. El Port Masnou comparte esa información con el instituto, y los alumnos la integran en su análisis.


"Son informaciones que todavía están en proceso de análisis", reconoce Bea Gomar. "Aún no tenemos los primeros resultados de las muestras más recientes. Pero eso también forma parte del aprendizaje: la ciencia real no llega de inmediato." Lo que sí han podido comprobar los alumnos, de primera mano, es el contraste entre una pared de puerto sin intervención y esa misma pared meses después de instalar los microarrecifes. La diferencia es visible a simple vista.


Próximos pasos: plancton, drones y la playa

 

El proyecto sigue abierto y en movimiento. Jorge Bonal tiene en agenda contratar un nuevo grupo de biólogos para analizar la calidad de las aguas interiores de la dársena, un estudio que también se compartirá con el instituto. Hay además un proyecto que este año ha quedado en stand-by pero que para el próximo curso cobra fuerza: llevar a 60 alumnos al mar a recoger muestras de plancton.


De momento, las salidas son al Port y al mar, pero no menos reales: el grupo de delegados verdes tiene previsto acercarse a la playa para una primera recogida de muestras, en formato "casero", como lo llama el propio Bonal con más modestia de lo que en realidad muestra la importancia del proceso. Lo que en ese momento parezca pequeño es, en realidad, el primer peldaño de algo que ya tiene dimensión.


El Maremar también trabaja en este momento con el plancton como material de aula, integrando esa línea dentro de la cultura oceánica que ahora recorre transversalmente el instituto. La posidonia, que a los alumnos les llamó poderosamente la atención al descubrir su desaparición en parte del Mediterráneo, es otro de los temas que ha despertado curiosidad y que podría convertirse en el próximo foco de investigación escolar.


Hay algo que no figura en ningún informe de seguimiento pero que está en el centro de todo esto: el momento en que un chico de 13 años mira por primera vez por la cámara de un dron submarino y ve, en la pared gris de un puerto que conoce de toda la vida, un cangrejo que no estaba ahí hace seis meses. Ese instante —de reconocimiento, de sorpresa, de responsabilidad incipiente— es quizás el indicador más valioso de cuánto el Port Masnou y el Institut Maremar están construyendo juntos.

 

 

 
 
 

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