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El mar también tiene su Camino

  • hace 1 día
  • 3 min de lectura


Embarqué en Avilés con la idea sencilla de cubrir una etapa del Camino a Vela hasta Ribadeo. Un tramo más en el Cantábrico, a bordo del Cancomar, un Dufour 43, con bruma, viento suave y una costa que aparecía y desaparecía como si no quisiera entregarse del todo. Pero a las pocas horas entendí que esa navegación no iba a quedar en la memoria por la intensidad del mar ni por ninguna maniobra extraordinaria. Iba a quedar por otra cosa: por la calma de navegar acompañado, por las conversaciones de cubierta, por la sensación poco frecuente de formar parte de una pequeña comunidad flotante que avanzaba hacia Galicia con el mismo rumbo y una misma confianza.


Por Darío D'Atri, columnas de "Lo que el mar nos dice"


Eso sentí al navegar un tramo de El Camino a Vela, esa travesía que reúne a barcos de España y Francia para recorrer, en conserva, una parte del Camino de Santiago por mar. No es una regata, aunque haya patrones atentos, trimados, partes meteorológicos y rumbos. No es un crucero convencional, aunque haya escalas, conversaciones de pantalán y cenas compartidas. Tampoco es exactamente una peregrinación clásica, aunque todo termine, como debe terminar, caminando los últimos kilómetros hacia Santiago de Compostela junto a los demás peregrinos.


Quizá sea una de esas experiencias en las que la náutica recupera algo que a veces pierde cuando se vuelve demasiado técnica, demasiado competitiva o demasiado encerrada en sí misma: la capacidad de reunir personas alrededor de una idea sencilla. Navegar juntos. Cuidarse. Llegar. Compartir un tramo de mar sin más pretensión que avanzar hacia el oeste, hacia Galicia, hacia ese lugar donde la tierra se vuelve húmeda, verde, antigua.


Mi tramo empezó en Avilés. Nos embarcamos con proa a Ribadeo. El Cantábrico nos recibió con bruma y vientos suaves. Nada épico en apariencia. Nada de esas condiciones que luego uno exagera en las sobremesas. No hubo una batalla contra el mar ni una demostración de coraje. En esas horas, la náutica fue cediendo espacio a la camaradería. La atención al barco seguía ahí, por supuesto. Siempre está. Quien navega sabe que incluso en los días suaves hay que mirar, escuchar, anticipar. Pero poco a poco la conversación fue ocupando el centro de la escena. Las historias de los tripulantes, las pequeñas biografías, los recuerdos de otros puertos, las bromas, las anécdotas de quienes repiten cada año como si regresaran a una casa común.


A pocas millas de nuestro barco estaban Joseba, Irlanda y su perrito Curro, que navegan en el Poseidón y que vuelven cada año al Camino a Vela como quien vuelve a un rito necesario. Se trata de volver a conectar con el mar, pero también con una forma de solidaridad náutica que no siempre aparece en los manuales. Esa solidaridad que se construye mirando de reojo al barco que navega cerca, preguntando por radio si todo va bien.


En El Camino a Vela uno siente la presencia de los demás sin que esa presencia invada. Cada barco conserva su intimidad, su ritmo, sus silencios. Pero al mismo tiempo todos forman parte de una misma procesión marinera. La palabra puede sonar solemne, pero no encuentro otra mejor. Hay algo de procesión en esa flota que avanza despacio por la costa norte, que entra y sale de puertos, que se reúne, que vuelve a salir, que suma millas y después cambia las botas de agua por las zapatillas para caminar los últimos kilómetros hasta Santiago.


Íbamos tranquilos porque el barco estaba bien, porque la meteorología acompañaba, porque la organización estaba pendiente, porque Fiko y el equipo hacían sentir que detrás de cada etapa había trabajo, experiencia y una atención real por los detalles. En el mar, esa confianza vale mucho. No se ve, pero se nota. Y cuando se nota, todo cambia.


Entonces el viaje se vuelve más humano.


Quizá por eso El Camino a Vela tiene algo que va más allá de la náutica. En un mundo que empuja a llegar rápido, a destacar, a competir, a producir, esta travesía propone otra lógica: navegar en compañía, avanzar sin prisa, entrar en los puertos como parte de una historia compartida, mirar la costa desde fuera y recordar que el mar también fue camino de peregrinos.


Cuando desembarqué, me quedó esa sensación. La de haber hecho una navegación amable, sí, pero no menor. Una navegación sin grandes gestas y, precisamente por eso, muy verdadera. Porque a veces el mar no necesita ponernos a prueba para enseñarnos algo. A veces le basta con reunirnos en una mañana de bruma, empujarnos suavemente hacia Galicia y recordarnos que la camaradería también es una forma de rumbo.

 

 
 
 

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